De la nada apareció una sonrisa que podía dejar petrificado a cualquiera con dos dedos de frente, aunque de ésos no había muchos por aquí…
Un sinfín de historias llenaron vacios en un tiempo que, aquí, no pasa. El Sombrerero loco, harto de escuchar sin poder participar, pensó que sería mejor seguir a lo suyo, así que, sin decir nada se fue a continuar con su Fiesta de Té Interminable.
Y allí quedamos mi gato y yo. El gato sin sonrisa o la sonrisa sin gato. Me di cuenta de lo mucho que lo había extrañado, de lo mucho que necesitaba que se quedara en mi Jardín Improvisado.
Entonces, al fin, lo comprendí: No era mi gato si no que yo era de él. Mi mente viajaría siempre que él no estuviera, mientras que la suya iría libremente en sus hazañas. Mientras yo le esperaba, él jugaba con otra Reina en otro Jardín que no era el mío y cuando se cansase volvería y se despejaría para luego volver a marcharse. Y, otra vez sería volver a empezar. ¿Cómo pude pensar que podría ser como la Reina de Corazones? ¿Cómo pude creer que mi Jardín improvisado sería suficiente para mi? Suficiente para todos…
Ya no quiero un Bonito Jardín, ni un gato de Cheshire. Sólo quiero salir de este mundo de locos, el cual, no creo que llegue a comprender jamás.
¿Dónde está el Conejo Blanco cuando se le necesita?
Necesito una taza de té.









